AMLO vs. empresarios: ¡así no!

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Benjamín Torres

Cuando México se ahoga en los borbotones de la sangre derramada a causa de miles de cadáveres  provocados por la violencia, cuando tantas familias sufren el infierno por la ausencia forzada de seres queridos y los más de 120 millones de mexicanos vivimos en la zozobra cotidiana de la inseguridad a lo largo de todo el territorio, enmarcado, en la ausencia del estado de derecho, atestiguamos el virulento encontronazo entre Andrés Manuel López Obrador y los empresarios.

En nuestro país hay una enorme carencia de cosas valiosas e indispensables. Las fuentes de trabajo dignas y suficientemente remuneradas son una; la probidad y eficacia gubernamental, otra. También una educación pública de calidad, así como un sistema judicial incorrupto; incluso, la indispensable y urgente seguridad social para millones de ciudadanos, por mencionar sólo algunas.

En contraparte, tenemos abundancia —saludos, doña Karime— de lastres que rayan en lo diabólico y representan una rémora en la cotidianidad de los mexicanos. Enumerarlos todos representa una tarea titánica; no obstante, resaltan con incuestionable mérito la abismal corrupción gubernamental, la voraz y perniciosa clase política, la podredumbre del sistema de justicia, una impunidad rampante y la joya de tantas exquisiteces: la inconmensurable ola de violencia que arrasa a la República.

Así que resulta pertinente preguntar al señor López Obrador si es necesaria la virulencia y las agresiones hacia los empresarios para fijar su proyecto político. El encono entre ambos actores alcanzó, esta semana que concluye, niveles que en nada benefician a la tan ansiada paz y armonía social. Las descalificaciones, los insultos y las amenazas nada aportan al tabasqueño ni a los empresarios, ni a México.

Andrés Manuel no puede darse el lujo de prescindir de la clase empresarial y de lo que ésta representa en términos de inversión, generación de empleos y una variable preciada: los impuestos que aporta. Si el popular Pejevence el próximo 1 de julio —como es probable que suceda— y se convierte, en su tercer intento, en el presidente de México, no le va a ser nada terso ni productivo gobernar con el poderoso e influyente sector de empresarios, ya resentido. Una tóxica relación así sacaría chispas.

Si López Obrador asegura que no es el autoritario que se ha empeñado en exhibir, debe dar entonces una muestra inteligible y contundente de ello. Porque hasta hoy no ha llevado a la práctica su reiterada teoría de que él es “amor y paz”. Sus constantes pleitos con comunicadores, casas encuestadoras e intelectuales que discrepan de su ideario político no son precisamente un dechado de tolerancia, de inteligencia, ni de la manera en que se puede devolver la paz a los mexicanos.

La polarización es un demonio indeseable. Ningún mexicano en su sano juicio debe alimentarlo con ideas o discursos incendiarios, trátese de políticos o empresarios. Reiteramos que lo que menos necesita la sociedad es violencia en cualquiera de sus malévolas formas. La historia documenta que cuando se ha optado por ese camino, el costo ha sido muy alto para el pueblo, sin excepciones. 

No hay mejor antídoto para rebatir cualquier discrepancia que los argumentos y el diálogo. La cerrazón es un camino pantanoso que, evidentemente, conduce a ningún lugar. Las vencidasque hoy sostienen AMLO y el empresariado —no solamente las cúpulas— son hasta necesarias si se dan en el marco de respeto, sin descalificar a priori y, sobre todo, cuando se sustentan en la razón y no en los intereses y ambiciones personales o de grupo. Los rijosos no caben en el México actual.

El país precisa de todos —aunque por ahí hayan devaluado la frase—, de todos los que desde sus respectivas trincheras deseen acabar con la mediocridad en que los pésimos gobiernos —priistas y panistas— han postrado a la nación. La ciudadanía está harta de “pleitos de taberna”, de ir como el cangrejo, mientras a los ávidos de poder no les importa destruir lo que se cruce en su ruta con tal de lograr sus propósitos, aunque estos vayan en sentido contrario a los de la población.

Resulta obvio que tanto los empresarios como el mandamás de Morena defienden sus respectivos intereses, sus cotos de poder, pues nadie de ellos es impoluto ni “hermano de la caridad”, aunque juren que están dispuestos a entregarlo todo por la patria. Ésa es una cantaleta vieja e inverosímil. 

Tanto los dirigentes del empresariado como el Rayito de esperanzadeben serenarse y tender los puentes para dialogar y ponerse de acuerdo, en aras de no abonar a una mayor violencia de la que padecemos desde el sexenio pasado y que en la administración peñista se ha exacerbado. Es muy lamentable que en vez de acordar estrategias para colocar a México en vías de un desarrollo real presenciemos disputas mezquinas y voraces, cual país bananero. Señores empresarios, señor López Obrador: Así no… ¡así no!

STATU QUO

El pasado 28 de abril Marcelo Ebrard corrigió —de facto, regañó— vía Twitter a Paco Ignacio Taibo II por sus desafortunadas declaraciones respecto a la posible expropiación de empresas: “Respecto a lo dicho por Paco Ignacio Taibo II afirmo que AMLO cree firmemente en la libertad de expresión. Lo ha dicho en varios foros: la propiedad será respetada  y el sector privado tendrá respaldo del nuevo gobierno. Nadie será expropiado Paco y menos por sus ideas”.

Cinco días después, Taibo aseguró en entrevista con El País: “No habrá otra opción que gobernar por decreto para transformar México”.  No son pocos quienes se preguntan en qué momento saldrá otra vez Ebrard Casaubon a enmendarle la plana una vez más al incómodo simpatizante de Morena (https://elpais.com/internacional/2018/05/03/mexico/1525310186_014078.html).

@BTU15