Campañas electorales: 90 días más de lodo y despilfarro

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Benjamín Torres

Tras el periodo vacacional de la Semana Santa, cuando muchos mexicanos —intencionalmente y con justificada razón— se olvidan de las infaustas noticias y recargan baterías luego del cotidiano desgaste que provoca el entorno violento que priva en el país y también de un proceso electoral que por largos momentos asemeja a una detestable cloaca, aquí reanudamos Andares Políticos.

En pleno Viernes Santo dieron inicio los 90 días de campañas formales —aclaramos esto porque cierto candidato lleva varios años promoviéndose—, periodo en el cual se intensificarán aún más los deplorables ataques de la guerra de lodo en que convirtieron al actual proceso electoral los insufribles aspirantes presidenciales y sus muy desprestigiados partidos políticos.

Una mayoría significativa de posibles votantes concuerda en que ninguno de los candidatos presidenciales —José Antonio Meade Kuribreña, Ricardo Anaya Cortés, Andrés Manuel López Obrador y Margarita Zavala— representa siquiera una mediana solución para los amplios y serios problemas que padece México. Violencia, pobreza, corrupción, falta de justicia, impunidad, escaso crecimiento económico y una abismal desigualdad son algunos de los jinetes apocalípticos que aterrorizan a la sociedad.

Al final, los pseudo-candidatos independientes —aunque en realidad ninguno de los finalistas lo es— que soñaban con montarse en la carrera rumbo a Los Pinos resultaron un fiasco; usaron medios no lícitos para intentar obtener las firmas exigidas por la ley para lograr el registro respectivo. El Bronco, El Jaguar y la propia señora Margarita Zavala fueron exhibidos como tramposos por el Instituto Nacional Electoral (INE). Finas artes políticas que seguramente aprendieron en su paso por el PRI, PRD y PAN, respectivamente.

Vienen tres meses de insolentes pleitos entre los cuatro candidatos presidenciales. Un trimestre en el que a los ciudadanos nos atormentarán —como en el infierno referido por Dante en La Divina Comedia— mediante el inmoral dispendio de los recursos públicos aportados por los sufridos contribuyentes. Toneladas de discursos demagógicos nos esperan en los medios. Debates que no lo serán y servirán únicamente para denostar al adversario. Cual lavadero de vecindad, sacarán a relucir los trapitos al sol de los señores López, Meade, Anaya y doña Margarita. Eso les resulta más fácil.

Pero en el escenario no aparecen sólo los “presidenciables”. Ya en la recta final de la competencia, la clase política en general busca colocarse a cualquier costo y con desesperación en algún puesto público. En muchos casos no importa dejar atrás años de militancia y brincar —cual diestros  chapulines— a otro partido si ello les representa seguir viviendo espléndidamente del erario, continuar lucrando con los “negocios” que se generan al amparo del poder, cobrar moches, practicar el consabido nepotismo y, desde luego, servirse del muy rentable arte del contratismo.

De manera que, prácticamente de manera cuasi obligada, atestiguaremos cómo los voraces apetitos de poder se manifiestan sin cortapisas de aquí al 1 de julio. También la superficialidad de los  candidatos ocupará un sitio primordial en sus “tácticas” electorales. La acostumbrada ausencia de proyectos viables en favor de la ciudadanía es una constante en los planes de los políticos —salvo algún caso excepcional que debería buscarse con un potente microscopio—. Ésa es la realidad.

Hasta hoy, la perniciosa clase política ha transitado cómodamente por un adictivo camino de saqueos, enriquecimientos brutales, negocios inmorales, complicidades y, particularmente, de impunidad. Éstos son, sin duda, los principales motivadores para que una legión de vivales trate de ingresar como sea a los inconmensurables beneficios que otorga dicha actividad política, y otros tanto defiendan sus cotos de poder en ésta al precio que sea, incluida la dignidad, honradez y decencia. Llenarse los bolsillos de dinero ajeno compensa sobradamente convertirse en vulgar pillo.

Tres meses son una eternidad para escuchar las sandeces del cuarteto que se destroza en sus afanes por sentarse en la silla presidencial, que no por sacar a México del profundo atolladero. Pero tan innecesario plazo contemplado en la ley ha sido ideado y aprobado por los propios actores políticos en el Congreso. Así es como la nomenclatura que se adueñó del país teje desde siempre la eficaz protección a sus aviesos intereses de todo tipo. Eso es lo que indigna, lo que lastima, lo que ofende.

Si hoy mismo fuesen las elecciones, poco o nada cambiaría en la mayoría de la opinión pública respecto a la decisión en la jornada electoral del próximo verano. De ahí la futilidad de prolongar 90 días más el proceso electoral. Es, de facto, dinero del presupuesto desperdiciado que debería destinarse a la infraestructura, tan necesaria en amplias regiones de la república mexicana. No obstante, la sospechosa insistencia de los respectivos gobiernos y autoridades en turno por establecer un ciclo electoral muy amplio —que va del 8 de septiembre hasta el 1 de julio— sólo confirma las conjeturas de que representa, asimismo, un espléndido negocio para los partidos políticos, su alta dirigencia y no pocos amigos, familiares y proveedores.

Por lo pronto, apreciados lectores, prepárense con grandes dosis de paciencia para soportar el alud de infumables spots en los medios de comunicación a toda hora. Ni modo.

@BTU15