Andares Políticos

México vive una de las etapas más convulsas de su historia moderna. La violencia sin precedente que ha dejado miles de cadáveres en las calles y cientos de fosas clandestinas es una muestra irrefutable del nivel de descomposición y mal gobierno que, en sus tres niveles, padecemos.

La sucesión de yerros en la campaña presidencial del PRI es una muestra contundente y grosera de la anarquía que existe entre los diversos grupos que operan la estrategia del candidato tricolor, José Antonio Meade.

Cuando México se ahoga en los borbotones de la sangre derramada a causa de miles de cadáveres  provocados por la violencia, cuando tantas familias sufren el infierno por la ausencia forzada de seres queridos y los más de 120 millones de mexicanos vivimos en la zozobra cotidiana de la inseguridad a lo largo de todo el territorio, enmarcado, en la ausencia del estado de derecho, atestiguamos el virulento encontronazo entre Andrés Manuel López Obrador y los empresarios.

La anarquía es entendida como desconcierto, incoherencia y barullo, en una de las acepciones de la Real Academia Española. Sentido que puede ser utilizado para describir con absoluta precisión lo que sucede en el equipo de campaña de José Antonio Meade, candidato priista a la Presidencia de la República. El caos es evidente, excepto para quien se supone que debería poner orden: el Presidente. 

Jalisco se unió a los estados donde las bandas del narcotráfico imponen su ley. En la esplendorosa Perla Tapatíahace tiempo se perdió la paz y la armonía que le caracterizaba, la cual atraía, entre otras cosas, a miles de visitantes nacionales y extranjeros. Cuna del tequila y el mariachi, la progresista y enjundiosa entidad permanece atrapada en una ola de violencia sin precedente, que aterroriza a la población.

Escribo esta colaboración la tarde del domingo, cuando faltan seis horas para el primer debate de los presidenciables. Sin conocer el resultado de lo que es fácil anticipar, será un frenético, estridente y vulgar intercambio de acusaciones, al igual que lo ha sido durante todo el proceso electoral. Puedo afirmar que  lo rescatable del show mediático es la gran expectativa generada por el mismo.

Andrés Manuel López Obrador está totalmente ensoberbecido. A su enorme dosis de necedad hay que agregar el afán patológico de confrontarse innecesariamente con sectores del país, cuyo poder es evidente. Desde luego que no nos referimos a ninguno de los grupos políticos; ésos son indefendibles desde cualquier óptica. La referencia es acerca de los recientes “desencuentros” de AMLO con banqueros y empresarios. 

El macabro festín de sangre continúa en México. En el gobierno, sus tres niveles incluidos, nadie parece estar dispuesto a mancharse el costoso traje para hacer frente al dantesco infierno de la violencia que a cada minuto se multiplica cual hidra incontrolable. La mejor estrategia de las ineptas autoridades consiste en repartir anacrónicos boletines y dar soporíferas conferencias de prensa asegurando que nadie está por arriba de la ley, que, como en todo caso, se atrapará a los culpables.

86 millones de ciudadanos estamos en la lista nominal de electores

 y siete jueces están en la lista real

Diego Valadés

La sorpresa fue generalizada ante el discurso más afortunado del presidente Enrique Peña Nieto en lo que va del sexenio. Tan cuestionado con justificada severidad por su retórica en innumerables ocasiones —no exenta de varios dislates—, el mexiquense se mostró firme y contundente para fijar el posicionamiento del gobierno mexicano ante el anuncio del presidente de Estados Unidos de América, Donald Trump, que, en otra de sus locuras, presiona para militarizar la frontera entre ambos territorios. Esto, en el marco de las complejas negociaciones del TLCAN, por lo que el hecho no puede considerarse mera coincidencia.