El “Tigre” de AMLO

Imagen de Benjamín Torres
Benjamín Torres

 

En este espacio hemos reiterado que Andrés Manuel López Obrador tiene la oportunidad histórica e irrepetible de convertirse en presidente de México. Del entorno actual se desprenden variables sociales, económicas y políticas que favorecen, de manera contundente, al candidato de Morena en su afán de llegar a Los Pinos.

También enfatizamos que el enemigo más peligroso y letal del tabasqueño es él mismo. En los más de 12 años que lleva en campaña, ha cometido yerros monumentales cuando “le gana el hígado”. En esos dislates, no ha dudado en mandar al diablo a las instituciones, al Congreso, a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ni en insultar a la figura presidencial o llenar de improperios y descalificaciones a periodistas que lo critican, así como a aquellos intelectuales que difieren de sus propuestas.

Aunque en las últimas semanas el discurso de Andrés Manuel se ha atemperado, y ha marcado una notoria diferencia en su acostumbrada belicosidad, cambiada —al menos en el papel— repentinamente por la filosofía del “amor y paz” para no caer en la provocación, según lo afirma una y otra vez, parece que su naturaleza siempre lo traiciona y surge el “López Obrador que asusta”.

Durante su participación el pasado viernes en la 81 Convención Bancaria, celebrada en Acapulco, al final de la sesión de preguntas y respuestas, el líder en las encuestas presidenciales fue cuestionado si México está maduro para un resultado electoral, cualquiera que éste sea —incluida una derrota de AMLO—, y sea aceptado por el propio tabasqueño. Aquí, el famoso Peje se patinó una vez más.

La respuesta del líder morenista no gustó a un amplio sector social; incluso algunos de sus simpatizantes y panegiristas de ciertos medios de comunicación se mostraron sorprendidos de una afirmación que exhibe otra vez el autoritarismo de don Andrés Manuel: “Si se atreven a hacer un fraude electoral, yo me voy, también a Palenque, y a ver quién va a amarrar al Tigre; el que suelte el Tigre, que lo amarre”, espetó frente a los sorprendidos banqueros.

Que el Rayito de Esperanza insista en la limpieza del proceso electoral es plausible y no debiera haber alguien que a ello se oponga, porque sería un despropósito mayúsculo. Si algo necesita la endeble democracia mexicana es credibilidad, y a ello colaboraría, de forma decidida, que el gobierno se abstenga de meter las manos en las elecciones y dejara que, efectivamente, la población elija al próximo presidente de la República. Así es como debe ser y así es como lo quieren los mexicanos.

Sin embargo, López Obrador no debe caer en la amenaza. Sentenciar que él no “amarrará al Tigre” si hay trampa electoral, suena a curarse desde ahora en salud. Amagar con los demonios de la violencia resulta tan ocioso como peligroso en un país donde hay mucha pólvora regada y sólo hace falta quién la encienda. Muchos estarían dispuestos a hacerlo, de eso no cabe la menor duda. Sólo que incendiar a México a nadie conviene, incluyendo al “Tigre”, a su “dueño” y a quienes lo suelten.

Un acto de congruencia e inteligencia lo debe dar quien aspira por tercera vez a la Presidencia de México, concentrándose en consolidar su ventaja y ampliarla de tal forma que no se preste ni remotamente a que pueda ser manipulada. En eso debe estar atento el autonombrado “presidente legítimo”, no en la intimidación. Quien pretenda gobernar a los mexicanos los siguientes seis años debe sortear con habilidad y hasta con categoría los riesgos de una presunta chicanada electoral.

Por supuesto que las “mañas” del PRI-gobierno y sus cuantiosos recursos no son cosa menor y esto es para preocuparse. Pero si AMLO recurre a la amenaza en lugar de a una estrategia que lo encamine de forma clara hacia el triunfo indiscutible, estaría incurriendo nuevamente en una pifia que puede sacar otra vez a flote la “rentable” cantaleta de que es, efectivamente, un peligro para México. 

Hoy, nuestra nación dista mucho de necesitar líderes mesiánicos, de “dioses” que prometen cambiar de la noche a la mañana todos los males —muchos, por cierto— que aquejan a la enorme mayoría de la población. Los engaños son condenables lo mismo si provienen de la derecha o la izquierda. Por eso es que López Obrador debe erradicar de su discurso —y en los hechos— la mínima insinuación de violencia y confrontación. Apostar al enfrentamiento y la anarquía como arma sistemática, a ningún candidato presidencial beneficia; excepto a las voraces y deleznables fuerzas oscuras y radicales.

Andrés Manuel López Obrador no debe caer en provocaciones ni en la abyecta tentación de amenazar con el México bronco si no triunfa el próximo 1 de julio. El trabajo eficaz para que no haya duda sobre su eventual triunfo será la mejor arma democrática, en lugar de andar por ahí asustando con el petate del muerto, o mejor dicho: con el dichoso “Tigre”, porque aterroriza a todos, hasta a los más serenos, aunque se escondan en sus disfraces de valientes.

@BTU15