La permanente inmediatez

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Jaime Neftalí

Vivimos en la época de la inmediatez, de lo más rápido posible, de un par de minutos y así todo es temporal, dura hasta que se acaba y entonces el que sigue o a lo que sigue, situación cada vez más habitual y así, la vida pasa… Literal.

Los actores principales de nuestra historia regularmente viven de prisa, no existe la pausa o el descanso, no hay respiro ni para el suspiro.

Ante tal realidad de nuestros tiempos, ante la cantidad exponencial de información, los que hoy no viven en el futuro, es muy probable se encuentren ya en el pasado. Las necesidades de los clientes se renuevan día con día, a cada minuto, segundo a segundo.

Lo que ayer se vendía hoy seguramente tendría que estar en oferta, en una promoción de ocasión.

La dinámica social requiere entonces de empresas y empresarios que se informen de manera permanente acerca de las características propias y particulares, a veces escatológicas, de los deseos y los anhelos de los posibles clientes, incluso los reales y los cautivos.

Sencillamente solucionar problemas, ya no hay tiempo para mirar el precio o las condiciones contractuales, sólo sirve si ayuda, si resuelve y garantiza; lo demás en realidad es lo de menos. La apuesta es por lo real aunque no sea ideal.

Es el momento del “no me lo platiques, sólo házlo”.                    

Lo anterior, sin embargo, requiere de un afán sistemático y sistémico para aportar valor, para delinear productos y servicios que sean más que simples promesas. No se trata, tampoco, de bajar la luna y las estrellas para ganar un cliente; se debe tener especial cuidado en ofertar lo que se pueda cumplir, en esa mixtura tan onírica de estar en tiempo y forma.

En labores de consultoría es muy común que el empresario o líder de proyecto requiera resultados inmediatos, recetas mágicas, botones de pánico que atiendan el llamado de emergencia y resuelva todo.

Lo difícil lo tenemos, lo imposible se lo conseguimos…

No se trata tampoco de poner sobre la mesa propuestas de campaña, a propósito de los tiempos electoreros, ni de magnificar los alcances y los beneficios. Abundan, por desgracia, seres despistados que se comprometen a entregar las “Perlas de la Virgen”, en tiempos relativamente cortos, cuando se requiera, como se requiera.

Es utópico pensar que las soluciones inmediatas a problemas añejos sean del todo confiables. El que requiere debe comprender que sin ser en exceso burocrático y/o metódico, las soluciones con visión estratégica y de largo plazo, pasan por lo corto y lo mediano, por acciones, reacciones, tácticas y directrices.

El impulso visceral da soluciones aparentes y problemas recurrentes.

Conviene planear, organizar, dirigir y controlar.

Si una compañía ha tenido ya demasiados efectos no efectivos; si la cifra negra es temporal y los números rojos son constantes; si el personal tarda más en adaptarse que en despedirse; si tardamos en ser conocidos y nos apresuramos a ser olvidados; si nos reconocemos como parte estructural del problema habitual y únicos responsables del cambio planeado, es menester entonces de tomarse el tiempo necesario para determinar y validar a dónde y cómo queremos llegar.

Para renacer, primero hay que morir.

La Mejora Continua es pariente de la Reingeniería de Procesos y el Desarrollo Organizacional; eso sí, todos ellos peleados a muerte con el “bomberazo” y el arranque desenfrenado.

Para ser hay que parecer.

Si el que lee es un estratega, es mejor que estructure y anticipe, que vislumbre la posibilidad de un golpe de timón teniendo el mapa en la mano.

El trabajo de escritorio es fundamental y no trivial.

En los tiempos del mientras tanto habrá que pensar en el para siempre.

Dónde estamos y a dónde queremos llegar.

Todo, todo a su tiempo.

Hasta la próxima.

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