Los dreamers y las vestiduras rasgadas

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Benjamín Torres

En pleno mes patrio, muchas vestiduras oficiales se rasgaron en México, al confirmarse la noticia de que Donald Trump, el inestable y peligroso presidente de los Estados Unidos, había decidido cancelar el Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), determinación que podría afectar a por lo menos 600 mil dreamers nacidos en nuestro país.

Aunque existe un plazo de seis meses para que el Congreso estadunidense resuelva la situación de esos jóvenes, la posibilidad de una deportación masiva no debe descartarse, particularmente en la era Trump, en la cual hasta ahora se ha visto que el rechazo a los latinos se ha exacerbado a consecuencia del discurso xenófobo del mandatario republicano, a quien no le importan las consecuencias de su resolución.

Pero lo sustancial del futuro incierto y asedio sistemático que hoy padecen nuestros jóvenes connacionales en la unión americana no debe ser achacado de manera simplona únicamente al Señor del peluquín. El tema es muy delicado y requiere ser analizado en su justa dimensión desde sus causas ancestrales. Hoy no basta que el gobierno mexicano “lamente profundamente” la eliminación del DACA; los penosos lamentos gubernamentales son, además de inútiles, demagógicos.

Como es perniciosa costumbre, las diversas nomenclaturas que llegan al poder en México reaccionan en lugar de prevenir. Desde hace muchas décadas, millones de mexicanos se han visto obligados a emigrar de su nación, donde no encuentran las condiciones para lograr un mejor nivel de vida. Para el gobierno, esto es una gigantesca tabla de salvación, pues despresuriza el ya de por sí delicado problema del desempleo en la república mexicana y, además, es premiado con miles de millones de dólares en remesas que envían nuestros paisanos anualmente. Así que si Estados Unidos ha resuelto por años la ineficacia e indolencia de quienes llegan a Los Pinos, para qué hacer olas. Total, las humillaciones, discriminación, violencia y fanatismo ideológico no los sufren ellos.

Una muestra del desinterés de quienes “dirigen” al país, para desprenderse del yugo de los estadunidenses, radica en el raquítico porcentaje del PIB que se destina a ciencia, tecnología e investigación, pues éste apenas ronda el 0.5 por ciento. En cambio, para el próximo proceso electoral de 2018, se gastarán unos 30 mil millones de pesos en financiamientos a partidos políticos.

La mezquindad y los intereses particulares de los grupos que se hacen del poder en México evitan que verdaderamente se procure la infraestructura precisa, que genere el desarrollo del país a través del conocimiento para dejar de ser simples maquiladores dependientes de Estados Unidos. En este entorno se acentúa la perversidad estatal al derrochar cuantiosos recursos que nada aportan al avance y progreso de los mexicanos, como el destinado al mediocre Congreso, a las vastas prerrogativas de los funcionarios y a sostener a una voluminosa e ineficiente burocracia, entre otras cosas.

Si bien la cancelación del programa DACA es una más de las agresiones de Míster peluquín hacia los mexicanos, la administración peñista y sus antecesoras poco han hecho para revertir de fondo la situación de los dreamers. Simplemente se han montado en el desgastado discurso de la estéril condena automática. Hoy, los de turno intentan reaccionar cuando el golpe, se sabía, podría venir en cualquier momento con un mandatario “inestable”, como lo es Donald Trump. Las explicaciones están de más. No sirven, pero sí ofenden.

“Desde el inicio de la nueva administración estadunidense, el gobierno de México ha promovido la continuación de DACA, a fin de mantener la protección a cientos de miles de jóvenes beneficiarios del programa, cuya mayoría son nacidos en México”, justificó el pasado martes la Cancillería. La pregunta es por qué en lugar de suplicar ante los estadunidenses no se tomaron oportunamente las acciones en nuestro país para ofrecer a los jóvenes afectados oportunidades como las que encontraron con nuestro vecino del norte.

Las consecuencias de que nuestros gobernantes no planeen a largo plazo de manera eficaz, y poco les importe la ciencia e investigación, nos tendrá en situación de país bananero, dependiendo de los intereses, conveniencias y hasta caprichos de otras naciones, como en el caso que nos ocupa.

Resultaría de enorme beneficio que, en lugar del consabido grito en el cielo y posicionamientos patrioteros, la clase gobernante se dedique a trabajar para hacer eficiente el gasto público, deje de malversar los recursos públicos y dote de mayores recursos a la ciencia e investigación para generar nuestra tecnología y colocar a México en la ruta del anhelado y urgente desarrollo.

Además de “recibir a los dreamers con los brazos abiertos”, sería de valía recibirlos con las oportunidades de desarrollo que sus padres no recibieron y por lo que tuvieron que buscarlas más allá del Río Bravo. ¿Qué les espera en México? Violencia, desempleo, sueldos de miseria, profunda desigualdad social, un sistema de justicia desprestigiado y la incontenible corrupción e impunidad en la repudiada clase política. Son algunas de las exquisiteces en su futuro, si vuelven.

@BTU15