Los “obsequios” a la clase política

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Benjamín Torres

Semiperdida, a media página en algunos de los portales de pocos diarios nacionales, apareció ayer una nota en cuya parte medular se podía leer: “Los servidores públicos del Banco de México se abstendrán de aceptar obsequios de cualquier persona u organización incluyendo del personal del propio banco, con motivo del ejercicio de sus funciones”. Una noticia por demás extraña en el contexto de las vastas corruptelas que victimizan a la sociedad mexicana. Eso, entre otros infiernos.

La corrupción y sus muchas áreas de “especialización” suelen ser lucrativas e inmorales actividades que acompañan invariablemente al desempeño de la función pública en México. De esto sobran ejemplos, sin excepción de colores. Hay nombres provenientes de todos los partidos.

Como ciudadanos, hemos sido testigos hasta la saciedad de los abusos recurrentes de muchos pillos refugiados en la desprestigiada política nacional; varios de ellos han sido exhibidos en plena actividad ilícita, tal como sucedió en su momento con el perredista y mano derecha de Andrés Manuel López Obrador, el profesor de triste memoria René Bejarano Martínez.

Guillermo Padrés Elías, ex gobernador panista de Sonora, ahí está, preso por una serie de corruptelas durante su gestión. También permanecen encarcelados los canteranos priistas y ejemplos inobjetables de la nueva clase tricolor: los ex gobernadores Javier Duarte de Ochoa y Roberto Borge Angulo, además de Tomás Yarrington, Andrés Granier Melo y Mario Villanueva Madrid. Todos ellos, acusados por diferentes delitos tanto del orden común como del federal.

En fecha reciente, el partido Morena y el Rayito de esperanza —su propietario— estuvieron bajo el escrutinio generalizado a causa de los dineros recibidos por su “recaudadora”, la ahora ex diputada Eva Cadena, igual que cuando siendo jefe de gobierno de la Ciudad de México, sus colaboradores y correligionarios, Gustavo Ponce Meléndez y Carlos Ímaz, se vieron involucrados en una serie de “videoescándalos” a causa de presuntos actos de corrupción. Aquí no hubo “honestidad valiente”.

Desde luego que detallar los interminables latrocinios de la repudiada casta política es prácticamente una misión cuasi imposible. De ahí que sorprenda la advertencia hecha por el banco central a sus empleados y funcionarios para no recibir ningún presente como estímulo material a sus “labores”. Por cierto, y como anécdota, Banxico es una de las instituciones con buen prestigio entre la opinión pública, al igual que su gobernador, el doctor Agustín Carstens.

Referirse a los regalos que recibe la alta burocracia del país es motivo de un comentario aparte, pues éstos no se circunscriben a los de fin de año, por fechas de cumpleaños o determinadas causas “especiales”. El meollo de este asunto radica en las vacaciones pagadas a todo lujo, o exclusivos departamentos, a cambio de ciertos favores; también residencias a precios de ganga en México o el extranjero como “contraprestación” a funcionarios o congresistas que se prestan a ello.

Incuestionable, la corrupción es un perverso y adictivo pasatiempo de quienes obtienen un puesto público; desde el último en la escala hasta el más encumbrado en el organigrama gubernamental. A eso se debe que se aterroricen cuando escuchan la palabra anticorrupción. Por eso las inmorales trampas y evasivas de los partidos políticos en el Senado con tal de dar largas al nombramiento del fiscal anticorrupción. Y es que la deshonestidad, efectivamente, va ligada de forma intrínseca a la impunidad que tradicionalmente disfruta cada sexenio la multicitada y voraz clase política.

Si bien el Sistema Nacional Anticorrupción, que entra en vigor este miércoles, es un esfuerzo loable del Estado y de la sociedad, no debe estar subordinado a intereses o coyunturas políticas, mucho menos a las detestables venganzas de los hombres del poder. Hoy, quienes detentan el gobierno en México quizá estén posicionados ante el mundo como dirigentes sobresalientes en temas importantes, pero manchados hasta la médula por los frecuentes casos de corrupción a todos los niveles del servicio público. Muy pocos se salvan, ¿alguien podría arrojar la primera piedra?

AMLO Y LA ESTRATEGIA EN REDES SOCIALES 

 La vieja clase política del país es reacia a modernizarse en la comunicación social. Prefieren los diarios impresos. Siguen unidos al pasado mientras el mundo y la política evolucionan en cuanto al uso de las nuevas tecnologías. Olvidan, por ejemplo, que Barack Obama arribó a la Casa Blanca apoyado en una exitosa estrategia en las redes sociales. En México, guardadas las debidas proporciones, Jaime Rodríguez, El Bronco, prescindió de los medios tradicionales en su campaña para lograr la gubernatura de Nuevo León; de igual forma, la victoria se fincó en dichas redes.

Esto viene a colación porque Andrés Manuel López Obrador, desde hace algunos meses, dio un giro radical en su táctica para comunicar: se ha metido de lleno en Facebook y Twitter, con resultados sorprendentes. Aquí no ha sido obcecado, más bien se pone por delante de sus competidores políticos. Por cierto, precisamente vía redes sociales, el Mesías tropical anunció la presentación el próximo 29 de agosto en Estados Unidos de su nuevo libro Oye, Trump,  y asegura que la obra está llena de “enseñanzas”. Humilde como acostumbra el ahora tuitero dueño de Morena.

@BTU15