Meade, ¿el mesías del PRI? 

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Benjamín Torres

Tras detonarse el letal escándalo de la Casa Blanca, la caballada se desinfló, se tornó anémica. Desde Los Pinos intentaron en vano rescatarla del estado famélico en que se encontraban los integrantes. Que si Miguel Ángel Osorio Chong era el de mayor probabilidad…, pero que el súper secretario Luis Videgaray lo desplazaría… y así las elucubraciones respecto al posible candidato a la competencia del 2018. 

Siguieron los escándalos que han caracterizado a la actual administración federal: los 43 normalistas desaparecidos en Iguala, la ejecución en Tlatlaya, la súbita cancelación del proyecto para construir el tren rápido a Querétaro, el tema de la casa de Luis Videgaray en Malinalco y, además, la joya de la corona: los gobernadores ladrones surgidos del PRI, llámense Javier Duarte, César Duarte, Roberto Borge —esos que el presidente Peña Nieto consideró ejemplos de la nueva clase priista— y Tomás Yarrington. 

Ahí desaparecieron los restos de la oprobiosa caballada, tanto que, en un intento desesperado, “montaron” a Aurelio Nuño —el funcionario que no sabe decir “leer”, sino “ler”— en una misión imposible para colocarle un burdo disfraz de presidenciable. También lo hicieron con otros militantes, el respetable doctor José Narro y Enrique de la Madrid. La posibilidad de perder la Presidencia cobró fuerza entonces y la terrorífica ola de violencia en el país, el contexto “ideal” para que sucediera. 

Y los resultados de las elecciones de junio de 2016, cuando el PRI perdió 7 de las 12 gubernaturas en disputa —cuatro de ellas donde antes no había sido derrotado—, evidenciaron la debacle del Revolucionario Institucional. El electorado había cobrado las facturas de una forma muy onerosa. Los temores en la Residencia Oficial se convirtieron en focos rojos, mientras la aprobación a la tarea del Ejecutivo federal se ubicaba en niveles muy exiguos. Resultaba imperiosa otra estrategia. 

La pusieron en práctica en el Estado de México, en una controversial elección para gobernador: el Revolucionario Institucional impuso al primo de Peña Nieto, Alfredo del Mazo Maza. Ahí, el dinosaurio echó mano de todas las mañas que le han caracterizado y que le permitieron permanecer en el poder durante 70 años ininterrumpidos, hasta que literalmente Vicente Fox lo sacó de Los Pinos. A pesar que son épocas diferentes y la sociedad es otra, las artimañas resultaron exitosas, no existían razones para cambiar. Más vale viejo por conocido que nuevo por conocer. 

No obstante, el deterioro en la imagen priista ante la sociedad es real y la corrupción entre varios de sus mandatarios estatales es un pesado lastre que ha colocado inexorablemente al PRI-gobierno con un pie fuera de la Presidencia. Olvidarse de la pantomima de promocionar a Nuño, Narro e incluso a Videgaray y Osorio era obligado. Urgía un golpe de timón en la táctica, y éste llegó. 

Se quitaron los candados y se dispuso la mesa al candidato externo que desde hacía tiempo se mencionaba en los corrillos políticos. Ése que, al menos ante la opinión pública, no representaba 

los infinitos caudales de corruptelas que caracterizan a las huestes del PRI y a la clase política en general. 

José Antonio Meade, un colaborador eficaz, en medio del oscuro panorama para el priismo, se erigió como una especie de mesías salvador. Ese secretario de Estado —“simpatizante” del partido oficial que ha sido capaz de pasar del gobierno panista al actual sin contratiempo alguno— se mencionaba en boca de prácticamente toda la alta militancia; no había otra opción que le diera al menos la confianza para competir dignamente en las próximas elecciones federales. Meade era el bueno. 

Inició el proceso electoral y, tras haberle allanado el camino a Meade Kuribreña, el jefe máximo del PRI se resistió por mucho tiempo para quitarle la máscara al “tapado” más famoso de México. En esas indefiniciones, Andrés Manuel López Obrador consolidó su ventaja en la mayoría de las encuestas por la competencia de la Presidencia de la República. El tiempo apremiaba. 

En Los Pinos ya no pudieron contener las ansias para oficializar la precandidatura —léase candidatura—, después que el propio Luis Videgaray Caso prácticamente realizó el destape la semana pasada al prodigarse en elogios a José Antonio Meade durante un acto oficial con el cuerpo diplomático acreditado en México. En la vehemencia del canciller, no dudó en compararlo con Plutarco Elías Calles. Lo presentó como un mexicano de los más preparados y exitosos, además de contar con una trayectoria célebre. El destape estaba hecho, aunque luego trató de desvirtuarse. 

Fue el presidente Peña Nieto quien salió al paso para “aclarar” los supuestos despistes de la prensa: “No se despisten, el PRI no elige a su candidato a partir de elogios o aplausos”. Sólo bastaron cuatro días para comprobar que el infalible dedo presidencial lo hizo. Sí, por elogios y aplausos, pero por sobre ello debido a la profunda desesperación de no tener un candidato propio siquiera medianamente competitivo y al terror que provoca en el PRI-gobierno ser elanzado nuevamente del poder. 

Ah, por cierto, la caballada resucitó. Ahí estuvo para lanzar interminables loas al ungido exsecretario de Hacienda. Todos excepto don Miguel Ángel Osorio Chong, a quien parece no hacerle gracia la nominación, y se entiende luego de que no ha podido con el problemón de la inseguridad en el país. 

@BTU15