No dejar la política a los políticos

Imagen de Benjamín Torres
Benjamín Torres

Presté mucha atención a las palabras que el conocido periodista mexicano Jorge Ramos Ávalos dirigió a los graduados de la Universidad Iberoamericana, en el campus de la Ciudad de México, el pasado lunes 2 de octubre —coincidentemente en el 49 aniversario de la matanza en Tlatelolco—.

“No le dejen la política a los políticos”, les pidió el conductor del Noticiero Univisión, quien es uno de los más recalcitrantes críticos de la administración del presidente Enrique Peña Nieto. Y más allá de las posibles filias o fobias que provoque este comunicador, su peculiar llamado a los universitarios induce, por lo menos, a la reflexión, para saber si es solo una retórica mediática y hasta oportunista, o un tema que requiere tiempo para analizarlo en serio.

En este país hace siglos que la clase política hizo de esa actividad su espléndido modus vivendi, y la manera eficaz de enriquecerse inmoralmente a costa del dinero público. También se adueñó del manejo absoluto de los vastos recursos nacionales sin que prácticamente nadie le pida cuentas. Por eso es que tan arduo y apetecible “trabajo” fue monopolizado por los políticos.

Quizá lo anterior sea una de las razones fundamentales para que en México lo que sobren sean partidos políticos y los políticos en sí mismos. No se conoce uno pobre —tal vez pudiera haber algún caso excepcional—, lo cual pudiera explicarse con la frase que se le atribuye al finado priista Carlos Hank González: “Un político pobre es un pobre político”. El descaro lo explica todo, particularmente cuando él mismo pasó de ser un modesto profesor a un imponente millonario.

Con una sociedad que ha cambiado vertiginosamente en ciertos aspectos, los políticos en general se resisten a dejar sus comportamientos lesivos y perversos. Todo bajo el pretexto y amparo de una actividad política a la cual han prostituido y denigrado. Y al adueñarse del botín que hoy es el lucrativo negocio político, la ya de por sí profunda desigualdad imperante en nuestra nación se acrecienta irremediablemente, pues los intereses personales de todo actor político se anteponen a los de millones de mexicanos, alimentando así el circulo vicioso de que “a mayor poder y control político de esa casta privilegiada, menor la participación social para decidir el destino del país”.

Ni falsos mesías ni aquellos que juran ser dueños de la verdad absoluta, o los que ven la piedra en el ojo ajeno, menos los que dicen haber cambiado luego de 70 años de saqueo, son dignos de seguir como poseedores de esa política, hasta ahora, ruin, que tiene a este país postrado en el perenne subdesarrollo que, además, se ahoga en las sucias aguas de la corrupción.

Así, la arenga de Jorge Ramos queda ahí, valedera. Quitarle la política a los políticos es urgente y necesario. Una tarea que, efectivamente, resulta impostergable para todos los mexicanos, en especial a los millones de jóvenes que representan hoy el esperanzador agente de cambio más poderoso, como lo demostraron luego del terremoto del pasado 19 de septiembre y que devastó varias zonas de la Ciudad de México. Ahí se apoderaron de la ciudad, de la logística para rescatar de entre los escombros a seres humanos que no conocían, de esos lugares corrieron a políticos arribistas. Esos jóvenes son los que tienen la oportunidad histórica de transformar a este México que no soporta más a Duartes, Borges, Yarringtons, Ebrards, Padrés, Anayas y demás pandilla.

Desde luego que la política es necesaria en toda democracia. Eso no está a discusión. Lo que es controvertible e inaceptable es el hecho de que se la haya apropiado y convertido en patente de corso la nomenclatura diabólica que no cesa de exprimir y beneficiarse de los recursos nacionales y de la paciencia ancestral de los —en no pocas veces— apáticos habitantes de la república mexicana.

Justamente es el ahora o nunca para jóvenes y también para los no jóvenes. México demanda un cambio real y no de dientes para afuera. No una serie de tramposos cambios simulados que en el fondo benefician a la oligarquía y ésta concentra aún más la riqueza en unos cuantos todopoderosos beneficiarios del ejercicio indebido de la política. La política no es mala por sí misma, insistimos. Es la manera y el fin con la que se aplica. En nuestro país es evidente que su aplicación por parte de la clase política es perversa en detrimento de la enorme mayoría de los 122 millones de mexicanos.

Finalmente nos quedamos con el exhorto de Ramos Ávalos a los graduados de la Ibero: “No normalicen la violencia, la impunidad y la corrupción. No sean neutrales. Nos merecemos un país mucho mejor que el que nos han dado los gobernantes de turno. A menos de un año de las elecciones presidenciales, ustedes no pueden hacer como que se les apareció la Virgen y que no es con ustedes. Sí, es con ustedes. Están obligados a llevar al país en una dirección distinta”.

@BTU15