No ganó el PRI; perdió AMLO

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Benjamín Torres

El gobierno peñista preparó todo con antelación. Sus temores de una derrota en el Estado de México eran bien fundados. El hartazgo de los mexiquenses por tanta violencia y el deprimente nivel de vida en la entidad —principalmente en las zonas más pauperizadas— se mezclaron en un peligroso y tóxico coctel con la deplorable gestión del gobernador priista Eruviel Ávila Villegas.

La ruta estaba trazada. En Los Pinos decidieron defender, con todo el aparato oficial, su enclave estratégico. No podían permitir que Andrés Manuel López Obrador los retara en su “cancha”, y que inclusive se las arrebatara. Las consecuencias podrían ser tan devastadoras, como para echarlos nuevamente de la Presidencia. Entonces, los cuantiosos recursos materiales y humanos operaron para apoyar a un insulso Alfredo del Mazo, la imposición familiar del Presidente.

Desde el inicio, la batalla por el Estado de México se dio entre el jefe máximo de los priistas y el dueño de Morena. Éste, acompañando ininterrumpidamente a Delfina Gómez, instruyéndola, defendiéndola indebidamente de las acusaciones por el abusivo descuento a empleados del ayuntamiento de Texcoco cuando fue alcaldesa. Así, la maestra se convirtió en simple títere del Rayito de Esperanza. El candidato real se llamó y se sigue llamando Andrés Manuel López Obrador.

Todo parecía marchar de maravilla para el tabasqueño. Así lo señalaban diversas encuestas, amplios sectores de la sociedad, en la academia, los intelectuales y no pocos empresarios.  Pero mientras el PRI —léase el gobierno federal— estaba volcado en la campaña con los integrantes del gabinete y los programas sociales, López Obrador empezó a derraparse en el panorama político.

Mostradas las corruptelas que existen en Morena, con su recaudadora Eva Cadena —exhibida en una serie de videos recibiendo grandes sumas de dinero y un audio donde se escucha a Andrés Manuel López Beltrán (hijo de AMLO) maquinando con Yeidckol Polevnsky, secretaria general del partido, cómo justificar recursos a través de una empresa—, los escándalos impactaron directamente al Mesías Tropical y colateralmente a Delfina Gómez. Se encendieron las alarmas.

No obstante que Andrés Manuel advirtió lo que se le venía encima y presintió el riesgo de perder la elección mexiquense, se montó nuevamente en la soberbia que tantos problemas le ha ocasionado. Inició una absurda e innecesaria confrontación con medios de comunicación y periodistas que se atrevieron a preguntarle por el apoyo de Elba Esther Gordillo a su movimiento. Ésta fue una pésima jugada en la que El Peje aún continúa empecinado sostener.

A ese yerro, agregó el trato déspota, grosero, humillante y poco inteligente que dispensó a los otros partidos de la llamada “izquierda”, cuando los llamó a unirse a Morena para vencer al PRI el pasado 4 de junio. Las amenazas no funcionaron y el único servil que respondió —tardíamente— fue el Partido del Trabajo, pero de nada sirvió, ya que al no haber alianza registrada, los votos de este remedo de instituto político no se pudieron sumar a los obtenidos por la maestra Delfina.

Hoy, López Obrador paga fatalmente las consecuencias de un cierre de campaña desastroso, de volver a comportarse como un bravucón, de rodearse de auténticos pillos, de la escoria de otros partidos que, lejos de aportar, se convierten de inmediato en un lastre para su proyecto. Los errores cuestan y se pagan. Y al líder morenista está a punto de costarle la gubernatura del Estado de México. Algo que ya tenía en las manos y que simplemente desdeñó. Con ello pudo hacer historia y afianzarse en definitiva rumbo al 2018. Pero no quiso; tropezó con la misma piedra.

No obstante, y a pesar de una legión de detractores, que lo tienen bajo escrutinio ininterrumpido —justificadamente, como a cualquier político—, Andrés Manuel tiene un gran capital político y quedó demostrado en la entidad mexiquense, pues el margen de la “victoria” priista es pírrico y estadísticamente discutible al ubicarse en menos de 3%. De las equivocaciones se aprende, ojalá que como el mismo suele decirlo, no actúe como “lagarto” y sí como un político experimentado.

Si bien —y de acuerdo al PREP— el Revolucionario Institucional continuará su hegemonía en el Estado de México por los próximos seis años, en la Residencia de Los Pinos deben estar muy conscientes que no ganaron la elección en la tierra del Presidente debido al mejor candidato, o a las consecuencias de un buen gobierno. Saben que lo hicieron con las “mañas” de siempre y, por encima de eso, que la elección la perdió López Obrador por diversos errores.

Así, no estaría mal que Enrique Ochoa Reza, el empleado del presidente Peña Nieto, moderara su entusiasmo e intentara ser objetivo. Digamos, digno en la victoria, si es que conoce el significado de la palabra. No eleva el nivel político si llama al propietario de Morena: “cobarde y mentiroso”, y tampoco si éste insiste en la etiqueta de “la mafia del poder” y denuesta a quienes no están de acuerdo con él. México precisa con urgencia políticos de verdad, no caricaturas ni payasos.

@BTU15

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