Odebrecht, Eruviel y las burlas políticas

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Benjamín Torres

La política en México es todo, excepto constructiva y honesta. A esos niveles la llevaron quienes lucran y viven de ésta. En la degradación no hay excepciones, participan las nomenclaturas de todos los partidos. Las máscaras mesiánicas, demagogas, oficialistas o “democráticas” no logran ocultar las verdaderas intenciones de aquellos que sólo ven en esa actividad un jugoso negocio.

Hay muchos ejemplos del envilecimiento que ha sufrido la doctrina política por medio de un uso malvado y tramposo. Los 75 años del PRI y los 12 del PAN en el gobierno permiten ver un vasto desfile de actos cínicos, lesivos y particularmente de complicidad e impunidad que han dañado gravemente y ofendido sistemáticamente a la sociedad mexicana. El PRD también lo ha hecho.

De ahí que sorprendan las declaraciones del presidente Enrique Peña Nieto cuando intenta justificar —en vano— que la corrupción no es la culpable de todo lo malo que ocurre en el país. Es vox populi el nivel de las corruptelas que se manejan en las instancias gubernamentales: desde presidentes municipales hasta gobernadores —testimonio irrefutable son quienes hoy están presos— y altos funcionarios.

Pero las palmas se las lleva el desprestigiado sistema judicial si de corrupción se trata. Sólo hay que observar lo que sucede en los Ministerios Públicos cuando el ciudadano no los “estimula” con las dádivas exigidas para levantar una denuncia, darle seguimiento a la misma o lograr que la “honesta” Policía Ministerial se digne iniciar una investigación. Jueces y ministros son aún peor.

Entonces, no debe sorprender el amparo otorgado a la empresa Odebrecht por el Juzgado Sexto de Distrito en Materia Administrativa —confirmado por el Cuarto Tribunal Colegiado de Primer Circuito—, que impide a la Secretaría de la Función Pública aplicar resoluciones sancionatorias en contra de la perniciosa firma brasileña señalada por presuntos actos de corrupción que involucran a funcionarios de Pemex, entre ellos a su exdirector, el priista Emilio Lozoya Austin.

Así que, dentro de esa deleznable incongruencia y criticable comportamiento de la clase política, tampoco causa extrañeza que el ineficiente exgobernador Eruviel Ávila Villegas —que dejó al Estado de México sumido en una profunda crisis de inseguridad y con 11 de sus municipios declarados con alerta de género— sea premiado en Los Pinos mediante la dirigencia del PRI en la Ciudad de México. Un galardón que ofende a la población mexiquense y alienta la impunidad.

Mas, en aras de la objetividad, es necesario recordar que la desfachatez y la corrupción no son monopolio del incorregible dinosaurio tricolor; esos males están omnipresentes en la actividad política nacional. Recibir portafolios llenos de dinero, recabar cuotas, exigir “moches”, usar helicópteros oficiales para asuntos privados, hacerse de la “vista gorda” cuando se edifica fuera de las normas establecidas, construir presas privadas y solapar a pillos de la burocracia son parte del hobby cotidiano.

Todas esas artimañas conforman en sí mismas burlas políticas que los partidos no tienen empacho en asestar a la gente, pues ésta es lo que menos les importa. Los ciudadanos, al fin y al cabo, son vistos sólo como proveedores de impuestos y votos, según nos ha demostrado la historia.

Rumbo al 2018, la arena política exhibe a cientos de aspirantes decididos a contender por un puesto público —Presidente, senador, diputado—, algunos de ellos muy respetables y tal vez con el deseo sincero de servir correctamente a México. No obstante, la mayoría son atraídos por la idea de que la política produce millonarios en periodos sorprendentes. Así es como está posicionada esa desprestigiada pero muy rentable labor. Una mina de oro para las élites de todos los colores.

Y en la medida que se tornan poderosos, o aún más poderosos económicamente, los actores políticos y sus grupos, la desigualdad se profundiza en el país, pues dicha disparidad lleva irremediablemente a la desigualdad política, eternizándose así el círculo vicioso que atenta y socava el desarrollo social y la pretendida fortaleza democrática, particularmente si la memoria del pueblo es débil.

Conformarse con las burlas políticas hace cómplice en cierto modo a la sociedad. El rechazo contundente a las mascaradas de quienes se han adueñado de la política en el país con el objetivo primordial y único de enriquecerse a costa de los mexicanos y los vastos recursos de la nación es ineludible, además de contundente. Perpetuar los vicios y afrentas de quienes detentan el poder es posible por la actitud displicente del electorado, que pronto echa al olvido tanta ruindad.

Por lo pronto, la descarada protección a Eruviel Ávila en el Revolucionario institucional es absolutamente condenable, pues el exgobernador mexiquense debía estar enfrentando responsabilidades por la ineptitud con la cual se desempeñó. Otro exmandatario que anda paseándose por calles de la Ciudad de México sin preocupaciones es el coalicionista Gabino Cué Monteagudo —en este caso un expriista—, quien dejó a Oaxaca en situación desastrosa. Así las mofas sin fin.

@BTU15