¿También México al revés?

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Benjamín Torres

La mañana de este lunes, entre la tormenta de noticias, la principal televisora nacional destacaba en su noticiario matutino que tan sólo el fin de semana 22 personas fueron asesinadas en Guanajuato. Otros medios de comunicación enfatizaban la ejecución de otra precandidata a una diputación local en Chilapa, Guerrero —la segunda en menos de una semana—, mientras que la mayoría resaltaba la leyenda que apareció en el tablero electrónico del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, durante el medio tiempo del encuentro entre Pumas y Chivas: “¡Fuera Narcos de la UNAM!”.

Eso es una pequeña pero significativa muestra del caos que priva en la república mexicana. Como una especie de premonición, dirían algunos, durante la ceremonia por la conmemoración del Día de la Bandera en el Campo Marte, el monumental lábaro patrio fue izado al revés. El águila estaba de cabeza. “La bandera = q el pais... al revés”, posteó María Elena Morera, presidenta de Causa en Común, en su cuenta de Twitter (@MaElenaMorera). Una afirmación que nada tiene de falaz.

Mientras observamos la inmundicia en que está convertido el proceso electoral, merced al deleznable comportamiento de la clase política que participa en éste, la nación sigue padeciendo por la ausencia de un estado de derecho pleno. El número de muertos continúa en auge y parece no tener fin. En tanto el gobierno, en sus tres niveles, se muestra incapaz de enfrentar a la delincuencia, y se dedica a tratar de minimizar el problema más grave de México: la inseguridad.

Atrapado en el terror por la muy probable alternancia en la Presidencia de la República, el PRI-gobierno permanece distraído, tratando de impulsar a un bien intencionado candidato, pero que nada más no levanta, en tanto el país padece los efectos del “trabajo” de funcionarios corruptos e ineptos que están muy lejos de aportar los resultados urgentes que la sociedad mexicana precisa.

No obstante la mediática euforia de la administración peñista por destacar los “avances” logrados, la realidad es que éstos han sido a cuentagotas y están concentrados primordialmente en las reformas constitucionales logradas al principio del sexenio. Sin embargo, no todas han podido ser consolidadas, lo que representa, por lo tanto, un resultado parcial que aún no puede ser aplaudido.

Si lo principal para todo ser humano es la seguridad física y en México eso no está garantizado por las autoridades, no se puede hablar de un país de leyes ni democrático; sobre todo si cada día cientos de vidas se pierden por la violencia rampante que se tornó cotidiana en el territorio nacional. Ahí están las muertes violentas de cientos de periodistas, activistas sociales, políticos y de mexicanos de a pie, que a toda hora son violentados en sus hogares, el transporte público, las calles, al salir de un banco o cajero automático. La anarquía devoró rápidamente al estado de derecho. No hay duda.

Por eso, las ejecuciones en cualquier punto de México parecen un hecho rutinario; ya la saña y cantidad de ejecutados parecen no causar asombro. Mientras, las conferencias y boletines oficiales son la respuesta institucionalizada a esa barbarie. Tal vez por ello al gobierno actual, Transparencia Internacional lo evaluó y colocó en uno de los peores lugares en materia de corrupción en el mundo. Quizá por eso, también, el gobierno estadunidense mantiene su alerta de viaje para que sus ciudadanos no visiten determinados sitios de la república, igual que recientemente lo hizo Alemania. Todo porque el mencionado estado de derecho, en la realidad, es sólo una utopía. Los miles de cadáveres y saqueos de los recursos públicos son prueba de ello.

Desde luego, lo que arrasa con los “honores” en la ausencia de la correcta aplicación de justicia en México es la impunidad, un cáncer que alienta la reincidencia y actos criminales de políticos, pero también de fatídicos elementos policiacos, como lo sucedido en Tecalitlán, Jalisco, donde policías municipales, literalmente, “levantaron” a tres ciudadanos italianos para posteriormente entregarlos a un grupo del crimen organizado. Eso también ha sucedido en Veracruz, entre otras entidades.

En tanto no se ponga orden en la procuración de justicia y se evite la perpetua tentación de proteger a pillos de cuello blanco —y de toda clase—, el gobierno federal no puede aspirar siquiera a llamarse estado democrático. Un gobierno verdadero empieza por aplicar la ley sin distingo, sin simulaciones, sin el uso perverso que se le da como herramienta de venganza contra los enemigos políticos.

Hoy, la señora Morera, aun con el disgusto que seguramente ocasionó en Los Pinos, puso el dedo en la llaga: México, en no pocas áreas estratégicas y objetivos gubernamentales, sencillamente está al revés.

@BTU15