Un gobierno de pena ajena

Imagen de Benjamín Torres
Benjamín Torres

El viernes pasado, atrapado en el crónico y letal tráfico del Valle de México, observé con mucha curiosidad un anuncio de los conocidos como espectaculares. Era enorme, de color azul, con una leyenda que abarca casi toda la superficie: “Por un gobierno que no te dé vergüenza”. La publicidad es a favor de la panista Margarita Zavala, quien aspira llegar a Los Pinos en 2018.

Me quedé reflexionando en la frase; no implica dificultad alguna aceptarlo. Pues sí, el gobierno actual no es para presumir, los mexicanos hemos sido agraviados de diversas formas por éste y nos produce una vergüenza mayúscula. En colaboraciones anteriores me he referido a que esta administración federal va a ser recordada por la amplia gama de escándalos que incluye al mismísimo Presidente de la República, a gobernadores, secretarios de Estado, funcionarios de primer nivel, legisladores, alcaldes y no pocos jefes delegacionales.

Algunos refutarán a la señora De Calderón y señalarán que el sexenio de su esposo no fue precisamente ejemplar, con la corrupción desatada en Pemex, el saqueo de recursos que se hizo con la construcción de la innecesaria Estela de Luz, las pillerías del entonces gobernador de Sonora, Guillermo Padrés Elías, del PAN, el horror de los 72 migrantes masacrados en San Fernando, Tamaulipas, y el execrable caso del incendio en la Guardería ABC, de Hermosillo.

Tal vez alguien precise también que las canalladas gubernamentales no son exclusivas del PRI y del PAN, pues ahí está el asunto de los portafolios llenos de dinero con sus respectivas ligas recibidas vorazmente por el profesor René Bejarano, siendo operador político de Andrés Manuel López Obrador cuando éste era jefe de gobierno del entonces Distrito Federal, y ambos militaban en el PRD. Y esto no ha cambiado, las conductas ilícitas salpican nuevamente al actual dueño de Morena por los dineros recolectados por su ingenua “recaudadora” y ahora vilipendiada diputada Eva Cadena.

Las causas de la vergüenza, por lo que se ve, son multifactoriales y generosamente democráticas, es decir, provienen de todos los actores políticos sin considerar su filiación, jerarquía, filosofía o preparación académica. Todos se afanan en llenarse los bolsillos, no importa si para ello hay que “robar un poquito”, saquear todo un estado y luego huir con la protección o disimulo oficial.

Hay motivos de sobra para no sentirse ufanos, en modo alguno, del gobierno que hoy padecemos. Una cúpula burocrática preocupada y ocupada por beneficiarse inmoral e ilegalmente de los puestos públicos en detrimento de la sociedad constituye una casta privilegiada que, efectivamente, avergüenza a la enorme mayoría de los pauperizados y hastiados mexicanos.

Cuando nos hemos enterado de las recurrentes pillerías realizadas por la nomenclatura que en la actualidad “guía” los destinos del país, mucha indignación surge, mientras la incredulidad en la democracia —al menos en la nuestra—, el estado de derecho y la clase política se ha ubicado en niveles tan peligrosos que sólo unos cuantos creen a pie juntillas en el anquilosado discurso gubernamental. Esto se justifica plenamente por la incongruencia de quienes integran el sistema.

Ejemplos de lo anterior son muchos e irrefutables. Uno es el del presidente del PRI, Enrique Ochoa Reza, y su millonaria liquidación en la CFE cuando renunció para irse a dirigir el tricolor. La Casa Blanca, cuyo tremendo escándalo dañó severamente y para siempre la credulidad e imagen del mandatario mexicano. Pero el máximo nivel de oprobio para la administración peñista y su partido político es la profunda corrupción imperante en su alta militancia manifestada por los “goberladrones” ejemplos de la nueva clase política: Javier Duarte, César Duarte y Roberto Borge, además de Tomás Yarrington. Sí, desde luego, tanta inmundicia es para sentir mucha vergüenza.

Pero la cloaca política no es privilegio único del Revolucionario Institucional. En el gobierno —federal, estatal y municipal— o partido de cualquier color, donde se rasque un poco, aparece de inmediato lo torcido. Así es como las “inmaculadas” instituciones —y sobre todo aquellos que las lideran— se han ganado con todo merecimiento la repulsa de la ciudadanía. Tanta fechoría provoca vergüenza y mucha, muchísima pena ajena.

México es una nación poseedora de tremenda grandeza; de ésta nos sentimos orgullosos, siempre ha sido así. De lo que no podemos sentirnos satisfechos ni solidarios es de los pésimos gobiernos que nos ha tocado padecer desde hace muchas décadas. Rojos, azules, amarillos, verdes y aun aquellos que pretenden enarbolar cínica y falsamente la bandera de la honestidad, no están exentos de las críticas por los pésimos y lesivos gobiernos que no dejan de producirnos una incomodidad absoluta y la mayor de las desesperanzas ante un gobierno vergonzoso.

Desde luego que la pena se profundiza por el deleznable espionaje del sistema a periodistas y activistas, y las amenazas en contra de quienes se han atrevido a difundir o denunciar la grotesca e ilegal acción gubernamental. Es todo, con mucho sigilo me despido porque presiento que “hasta a mí me espían”.

@BTU15